Un maestro de cuatro patas

No me ladraste la primera vez que puse un pie en tu casa. No eras muy afecto a los visitantes, pero a mí me oliste y fue como si supieras que iba a quedarme con ustedes para siempre. Algo en ti estaba seguro de que aquella mujer extraña no iba a ser una visita esporádica, y me aceptaste. 

El mundo en el que acababa de ingresar se volcaba sobre mí con un peso demoledor. Todo a mi alrededor era un signo de interrogación, una realidad completamente desconectada a lo que yo conocía.

Ahora soy consciente de que, en ese momento, Dios me asignó un ángel, un guardián. Ya eras el maestro de toda una familia, pero me adoptaste a mí también como tu alumna, y me cobijaste con tu compañía para que ese mundo ajeno no me aplastara con su olor a desconocido. En las mañanas, después de que todos se iban, nunca estuve sola. Las tardes en que cocinaba o estudiaba inglés, tú reclamabas un espacio a mi lado, te hacías bolita y esperabas a que las señales habituales anunciaran la llegada de quien más amabas. 

No sé qué hubiera sido de mí sin las caminatas diarias contigo. Yo llevaba la correa, pero tú marcabas el paso, porque te sabías ya los caminos de memoria. Llevabas años transitando ese vecindario y, sin necesidad de hablar, me decías: si yo aprendí a llamarle casa, tú también puedes. 

Con el paso de los días, se fue diluyendo el carácter extraño de las cosas. Tu rutina le dio a la mía una estabilidad que era necesaria en ese momento. Aprendí a quererte, y me maravillaba cada cosa que hacías porque, antes de ti, nunca tuve la responsabilidad suficiente para valorar un espíritu como el tuyo. 

Cambiaste por completo mi concepción de las mascotas. Sabías pedirlo absolutamente todo, cómo y en qué dirección mirar para que los humanos supieran qué necesitabas. Me dijeron que nadie te enseñó a indicar con la patita lo que querías y, sin embargo, era tu gesto preferido para pedir comida a pesar de que ya habías comido, para salir a la calle solo por el gusto de llevarnos hasta el parque si el día estaba bonito, y para demandar atención cuando nos distraíamos en la plática y olvidábamos acariciarte. 

Nunca olvidaré tu furia hacia los conejos: jamás les hiciste nada pero querías correr al infinito solo por alcanzarlos. Recordaré por siempre tu renuencia al baño, que te pusieras de pancita en un intento por disuadir a tu mamá de sus intenciones; tu capacidad para reconocer los sonidos que indicaban en el celular si alguien de la casa estaba a punto de entrar por la puerta; tu predilección por el pollo; tu amor inconmensurable hacia quien elegiste como tu madre y la manera en que te desarmabas de cariño cuando ella llegaba del trabajo o después de un viaje. 

Gracias por estar conmigo cuando más necesitaba compañía. Un día te recostaste a mi lado y me miraste con la ternura más grande que puede existir y me mostraste tu mundo. A pesar de que no conviví contigo tantos años como el resto de la familia, tu ausencia pesará en mí en también, porque nos va a faltar el sonido de tus patitas deambulando por la casa. El sol caerá incompleto sobre la faz de la tierra porque sus rayos ya no encontrarán tu lomo avanzando rumbo al parque. La nieve se preguntará dónde están tus patitas temblorosas que nunca aceptaron zapatos para el frío. El día será, de ahora en adelante, una promesa suspendida, una nueva medida para el tiempo destrozado por cada vacío que queda en los instantes que llenábamos contigo. 

El ciclo de la vida también es cruel y despiadado, pero no hay que hablar de finales, porque ninguna despedida es para siempre. En el tiempo todo está ocurriendo ahora. Hace 13 años, acabas de llegar a una familia que te hará el perrito más feliz del mundo y te consentirá de maneras que nunca imaginaste. Una niña compartirá tus siestas; su hermano, casi recién llegado de otro país, encontrará en ti un amigo en los momentos de soledad y desesperanza, y a los jefes de la casa les enseñarás el regalo maravilloso de un amor que trasciende las barreras de la especie, el tiempo y el espacio. 

Y muchos años hacia el futuro, volverás a ver nuestras caras. Esperarás con ansias que crucemos la luz que nos lleva a ti, y será tu espíritu el que nos enseñará que aquella vida más allá de la muerte también puede ser nuestro hogar. Porque si tú conoces el camino, no habrá manera de perdernos. 

Gracias, Lyo, porque tu mirada nos encontró en la penumbra y en la luz, en la salud y en la enfermedad. Porque solo bastaba mirarte para entender que había que seguir adelante, tirando de la correa de la vida. Te amaremos por siempre. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *